Esclavitud y martillo


“¿De dónde saldrá el martillo

verdugo de esta cadena?”

Miguel Hernández, El niño yuntero

Un periodista se lamenta en su blog de que sus compañeros de profesión comiencen su vida laboral sin ganar dinero a cambio de su trabajo. Una filóloga trabaja de traductora y contable, con contrato de telefonista. Un camarero trabaja con contrato de una categoría inferior, ayudante de camarero, y en función de ese contrato sus empleadores le birlan dos mil o tres mil euros al año. Los camareros de una vinería famosa de la ciudad de Prisciliano ven aumentada en dos horas –que no serán retribuidas su jornada laboral porque el dueño del establecimiento quiere comprar un coche nuevo.

En la antigüedad, las sociedades esclavistas obtenían su mercancía de los pueblos vencidos en la guerra; en siglos posteriores, los estados “civilizados” iban a buscarlos, para uso propio o comercio, a otros continentes. Hoy en día, los amos tienen el asunto mucho más fácil. Son los futuros esclavos quienes van a sus empresas a solicitar ser esclavizados: dejan vistosos C.V. en los que detallan sus estudios y hasta sus inocentes pretensiones económicas, que jamás serán satisfechas. Pasantías, horas ad honorem, contratos de media jornada o cualquier otra variante que el lector pueda proponer son los nuevos caminos o herramientas que conducen a la esclavitud moderna.

El siglo XXI nos ha deparado un tipo de sociedad que ni los más pesimistas autores de S.F. pudieron imaginar: En 1984, Orwell nos muestra un totalitarismo cuya falta de libertad asfixia a sus habitantes; en Farenheit 451, Bradbury imagina un mundo en el cual a las personas se les impide todo pensamiento propio; en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? P.K. Dick nos aterra con un mundo de sufridos androides que aspiran a cierto grado de humanidad. Pero ningún autor, ningún filósofo, ningún visionario supo prever esta sociedad en la que las empresas, los patrones, las grandes corporaciones, en síntesis, los Amos, sólo consienten en darle trabajo a las personas a cambio de que renuncien a toda remuneración.

¿Y el martillo?

¿De dónde saldrá el martillo?

¿Y quién será capaz de empuñarlo? 

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La noche de Sísifo

Tres hombres en una plaza cualquiera de alguna ciudad de Europa. Son inmigrantes. Son sudamericanos.Tiene veinte años el más joven y casi cincuenta el mayor. Trabajan juntos, y algunas noches, cuando ese trabajo que los reúne se les hace insoportable, se juntan en una plaza y beben. Es Invierno. Están cansados, pero su cansancio no es físico. Mientras hablan del dinero que les roban mes a mes sus empleadores, sufren el acoso de paquistaníes, indios, marroquíes y un largo etcétera que incansablemente trata de venderles cerveza, más cerveza, hachís o marihuana. “Después, después” contesta, alternativamente, alguno de ellos. Y, antes del final de la noche, terminarán comprando uno de los tantos productos que les ofrecen; lo harán en parte por ansia, en parte por solidaridad. Sentados en un banco de madera discuten sobre las posibles estrategias para enfrentarse a quienes los esquilman, a quienes, no conformes con el dinero que les roban, buscan quebrar su dignidad con repetidos (y vanos) intentos de humillarlos a causa de su origen; por momentos callan y miran a los incontables desgraciados que deambulan o duermen, venden o se venden; por momentos se olvidan de todo aquello que saben que no tiene solución y hablan de música. Beben, toman milonga que de pronto aparece. Olvidan.

Están cansados.

Y mañana volverán a trabajar.


Cena de empresa

Doce personas sentadas a lo largo de una mesa en el repetido simulacro de todos los años. El hombre de los Kinientos millones y su esposa, dueños del coqueto restaurante donde transcurre la escena, ocupan un extremo de la mesa. De su lado, muy junto a ellos, el personal jerárquico, el de sala y el de cocina, con sus alcahuetes y consortes. Completan la mesa, del lado derecho, los infelices, los desgraciados, los que tragan mierda, los que noche tras noche regresan a su casa con el insoportable hormigueo que causa en las piernas pasar diez o doce horas de pie.

Cena de navidad, a las seis de la tarde.

Terminan de comer. A continuación la esposa del hombre de los Kinientos millones emite bellos discursos que hablan del crecimiento del “proyecto” que a todos los presentes beneficia. Un crecimientos logrado gracias al aporte de todos. “TODOS”, se encarga de remarcar. “Todos somos parte”. Brindis. Y luego del brindis la mujer, como una abanderada de los humildes sin ser humilde ella, reparte generosas canastas de navidad: botellas de champagne y de vino tinto y vino blanco, una botella de jerez, pan dulce y turrones de Alicante, garrapiñada de almendras y una botella de whisky de doce años, embutidos y paté.

Los desgraciados, los que vuelven a sus casas con dolor en las piernas, reciben sin mayor entusiasmo el obsequio que no es tal. Agradecen porque los obliga el compromiso y la necesidad, no porque haya algo que agradecer. No se les escapa que son ellos mismo los que pagan el regalo, un regalo generoso a los ojos de los alcahuetes que no ven o no recuerdan, o no quieren recordar, sus contratos de tiempo parcial pero con jornada completa de trabajo, sus pagas extras prorrateadas o los horarios que se prolongan siempre más de lo estipulado.

La esposa del hombre de los Kinientos millones expresa a cada uno de sus empleados su profundo deseo de que el año próximo continúen siendo parte de hermoso proyecto que a todos reúne, pero sólo a ella enriquece.

Mira su reloj y comprueba que ya son las siete y media de la tarde. Acomoda su melena rubia detrás de sus orejas y, sin perder la expresión de madre generosa que ha compuesto su cara, conmina al personal a levantarse y limpiar las mesas, que en media hora el restaurante abre su puertas y hay que trabajar.


Dolerán las piernas

Sentado en el sofá, dos horas después de haber llegado a mi casa, siento aún el hormigueo en mis piernas, esa molestia cotidiana hija de diez horas, desdobladas en dos turnos de cinco, de caminar entre mesas ocupadas por hombres y mujeres deseosos de comer o de presumir de falsos conocimientos culinarios o enológicos.

Verdugueo de jefes e histéria y complejos de inferioridad de quienes ejercen un poder miserable sobre empleados, siempre y cuando sean jóvenes o débiles de carácter. Forros gratis, esbirros con lealtad pagada con sexo o conseguida mediante manipulación emocional. Toda la mierda que es necesario comer para poder vivir. Trabajo.

Y mañana y pasado todo se repetirá otra vez hasta el hartazgo, hasta que la vejez, cada día más cercana, diga basta, me expulse del merKado laboral y me someta a otras afrentas, nuevas pero no menos malolientes, pertinaces y agrias.

Me dolerán las piernas.