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La noche de Sísifo

Tres hombres en una plaza cualquiera de alguna ciudad de Europa. Son inmigrantes. Son sudamericanos.Tiene veinte años el más joven y casi cincuenta el mayor. Trabajan juntos, y algunas noches, cuando ese trabajo que los reúne se les hace insoportable, se juntan en una plaza y beben. Es Invierno. Están cansados, pero su cansancio no es físico. Mientras hablan del dinero que les roban mes a mes sus empleadores, sufren el acoso de paquistaníes, indios, marroquíes y un largo etcétera que incansablemente trata de venderles cerveza, más cerveza, hachís o marihuana. “Después, después” contesta, alternativamente, alguno de ellos. Y, antes del final de la noche, terminarán comprando uno de los tantos productos que les ofrecen; lo harán en parte por ansia, en parte por solidaridad. Sentados en un banco de madera discuten sobre las posibles estrategias para enfrentarse a quienes los esquilman, a quienes, no conformes con el dinero que les roban, buscan quebrar su dignidad con repetidos (y vanos) intentos de humillarlos a causa de su origen; por momentos callan y miran a los incontables desgraciados que deambulan o duermen, venden o se venden; por momentos se olvidan de todo aquello que saben que no tiene solución y hablan de música. Beben, toman milonga que de pronto aparece. Olvidan.

Están cansados.

Y mañana volverán a trabajar.


Cena de empresa

Doce personas sentadas a lo largo de una mesa en el repetido simulacro de todos los años. El hombre de los Kinientos millones y su esposa, dueños del coqueto restaurante donde transcurre la escena, ocupan un extremo de la mesa. De su lado, muy junto a ellos, el personal jerárquico, el de sala y el de cocina, con sus alcahuetes y consortes. Completan la mesa, del lado derecho, los infelices, los desgraciados, los que tragan mierda, los que noche tras noche regresan a su casa con el insoportable hormigueo que causa en las piernas pasar diez o doce horas de pie.

Cena de navidad, a las seis de la tarde.

Terminan de comer. A continuación la esposa del hombre de los Kinientos millones emite bellos discursos que hablan del crecimiento del “proyecto” que a todos los presentes beneficia. Un crecimientos logrado gracias al aporte de todos. “TODOS”, se encarga de remarcar. “Todos somos parte”. Brindis. Y luego del brindis la mujer, como una abanderada de los humildes sin ser humilde ella, reparte generosas canastas de navidad: botellas de champagne y de vino tinto y vino blanco, una botella de jerez, pan dulce y turrones de Alicante, garrapiñada de almendras y una botella de whisky de doce años, embutidos y paté.

Los desgraciados, los que vuelven a sus casas con dolor en las piernas, reciben sin mayor entusiasmo el obsequio que no es tal. Agradecen porque los obliga el compromiso y la necesidad, no porque haya algo que agradecer. No se les escapa que son ellos mismo los que pagan el regalo, un regalo generoso a los ojos de los alcahuetes que no ven o no recuerdan, o no quieren recordar, sus contratos de tiempo parcial pero con jornada completa de trabajo, sus pagas extras prorrateadas o los horarios que se prolongan siempre más de lo estipulado.

La esposa del hombre de los Kinientos millones expresa a cada uno de sus empleados su profundo deseo de que el año próximo continúen siendo parte de hermoso proyecto que a todos reúne, pero sólo a ella enriquece.

Mira su reloj y comprueba que ya son las siete y media de la tarde. Acomoda su melena rubia detrás de sus orejas y, sin perder la expresión de madre generosa que ha compuesto su cara, conmina al personal a levantarse y limpiar las mesas, que en media hora el restaurante abre su puertas y hay que trabajar.