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Cena de empresa

Doce personas sentadas a lo largo de una mesa en el repetido simulacro de todos los años. El hombre de los Kinientos millones y su esposa, dueños del coqueto restaurante donde transcurre la escena, ocupan un extremo de la mesa. De su lado, muy junto a ellos, el personal jerárquico, el de sala y el de cocina, con sus alcahuetes y consortes. Completan la mesa, del lado derecho, los infelices, los desgraciados, los que tragan mierda, los que noche tras noche regresan a su casa con el insoportable hormigueo que causa en las piernas pasar diez o doce horas de pie.

Cena de navidad, a las seis de la tarde.

Terminan de comer. A continuación la esposa del hombre de los Kinientos millones emite bellos discursos que hablan del crecimiento del “proyecto” que a todos los presentes beneficia. Un crecimientos logrado gracias al aporte de todos. “TODOS”, se encarga de remarcar. “Todos somos parte”. Brindis. Y luego del brindis la mujer, como una abanderada de los humildes sin ser humilde ella, reparte generosas canastas de navidad: botellas de champagne y de vino tinto y vino blanco, una botella de jerez, pan dulce y turrones de Alicante, garrapiñada de almendras y una botella de whisky de doce años, embutidos y paté.

Los desgraciados, los que vuelven a sus casas con dolor en las piernas, reciben sin mayor entusiasmo el obsequio que no es tal. Agradecen porque los obliga el compromiso y la necesidad, no porque haya algo que agradecer. No se les escapa que son ellos mismo los que pagan el regalo, un regalo generoso a los ojos de los alcahuetes que no ven o no recuerdan, o no quieren recordar, sus contratos de tiempo parcial pero con jornada completa de trabajo, sus pagas extras prorrateadas o los horarios que se prolongan siempre más de lo estipulado.

La esposa del hombre de los Kinientos millones expresa a cada uno de sus empleados su profundo deseo de que el año próximo continúen siendo parte de hermoso proyecto que a todos reúne, pero sólo a ella enriquece.

Mira su reloj y comprueba que ya son las siete y media de la tarde. Acomoda su melena rubia detrás de sus orejas y, sin perder la expresión de madre generosa que ha compuesto su cara, conmina al personal a levantarse y limpiar las mesas, que en media hora el restaurante abre su puertas y hay que trabajar.

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Dolerán las piernas

Sentado en el sofá, dos horas después de haber llegado a mi casa, siento aún el hormigueo en mis piernas, esa molestia cotidiana hija de diez horas, desdobladas en dos turnos de cinco, de caminar entre mesas ocupadas por hombres y mujeres deseosos de comer o de presumir de falsos conocimientos culinarios o enológicos.

Verdugueo de jefes e histéria y complejos de inferioridad de quienes ejercen un poder miserable sobre empleados, siempre y cuando sean jóvenes o débiles de carácter. Forros gratis, esbirros con lealtad pagada con sexo o conseguida mediante manipulación emocional. Toda la mierda que es necesario comer para poder vivir. Trabajo.

Y mañana y pasado todo se repetirá otra vez hasta el hartazgo, hasta que la vejez, cada día más cercana, diga basta, me expulse del merKado laboral y me someta a otras afrentas, nuevas pero no menos malolientes, pertinaces y agrias.

Me dolerán las piernas.